Halloween

Cuento de Halloween

Las manos de la muchacha salieron del pecho del hombre que yacía a sus pies, y entre ellas su corazón inerte.

Arrodillada frente aquel cuerpo y rodeada de otros cinco ensangrentados difuntos. La muchacha observaba al vacío en medio de las tumbas de un oscuro cementerio. La luz de la luna caía sobre ella y sobre sus acompañantes sin vida.

La sangre encharcaba el suelo bajo sus piernas y el corazón no dejaba de gotear aquel peculiar líquido carmesí. El olor de la sangre se adentraba a través de sus fosas nasales produciéndole una placentera sensación en el pecho.

Su vestido estaba manchado, al igual que sus piernas, sus brazos y su cara. Y mientras inspiraba y exhalaba con tranquilidad, viendo pero sin mirar, una sombra tapó la luna.

La muchacha levantó la vista y torció el labio mostrando una macabra sonrisa.

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La sombra descendió suavemente desde el cielo transformándose en humo. Cayendo con el vaivén de la brisa, como si de una pluma se tratara.

Ella no le quitó ojo en ningún momento. Y mientras aguardaba el descenso, paciente pero ansiosa, clavó sus dedos en el corazón que sostenía y contuvo el desenfrenado deseo que sentía por volver a matar, solo por volver a ver la luna tapada por aquella sombra.

La niebla se espesó al acercarse al suelo y los ojos de la joven se inundaron de agua.

Una guadaña emergió de entre aquella niebla y tras ella un ser encapuchado cuyos ojos, rojos como rubíes, brillaban bajo su capucha y nada más se podía distinguir de su rostro.

Las lágrimas recorrieron las mejillas de la muchacha, quien se quedó inmóvil observando como la parca se acercaba a ella sin dejar de mirarla.

Cuando su túnica rozó el primer cuerpo se paró, y sin dejar de mirarla levantó su brazo izquierdo. Su huesudo dedo índice señaló a la muchacha y le indicó que se levantara.

Esta hizo lo que se le pidió, temblando de placer sin dejar de observar al mal y sin soltar el corazón.

Ella acercó su mano hacia la parca, pero esta sostuvo su guadaña por delante de él.

Desde que la había visto por primera vez, hacía cinco años, cuando mató a su hermana por accidente, no pudo dejar de pensar en ella, no podía aceptar que nunca más volvería a ver a ese ser. A no ser que volviera a matar. Y mató. Durante cinco años mató a más de un millar de personas. Solo por verla, por sentir su presencia, por dejarse acunar sobre sus brazos durante un efímero instante.

Con un movimiento de su guadaña las almas de aquellas víctimas se alzaron y observaron a la muchacha que las había matado. Sosteniendo un corazón sin vida, goteando sangre por la tela de su vestido, observándolos muertos y sin sentir remordimiento alguno.

—Ya sabes lo que te sucederá ahora. – La voz espectral del aquel ser encapuchado se adentró en los oídos de la muchacha como si de una melodía se tratara.

Ella, con lágrimas en los ojos, asintió a la parca y no dejó de verla hasta que el dolor la hizo chillar y retorcerse.

Cada una de las almas se marcharían junto a la parca, pero antes, atravesarían el cuerpo de la muchacha haciéndole exactamente lo que ella les había hecho para matarlos.

Con una peculiaridad. Que ella no moriría mientras eso sucedía. Así que sentiría cada una de las torturas hasta el final.

La primera la degolló y la segunda le clavó un puñal en un ojo hasta el cerebro. La joven chillaba por el terrible dolor que sentía. Y en vez de morir, seguía siendo torturada.

Desde la primera muerte que provocó con premeditación, la parca le hizo pasar por esa tortura.

Pero ella continuó matando, y cada vez de una forma más atroz. Pues, supo con el paso de los años, que cuanto peor era la muerte, más tiempo estaría la segadora de almas junto a ella.

Así que durante cinco años soportó muertes y más muertes. Y muchas nuevas formas de matar buscó para ejecutarlas y así poder estar más tiempo junto a ella…

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Finalmente, cuando ya no había más lágrimas que expulsar y ya no podía gritar pues por su boca brotaba gran cantidad de sangre debido al degüello sufrido. Con un puñal en un ojo, el cuello roto y el cráneo partido, llegó el último espíritu.

El hombre cuyo corazón sostenía la muchacha y que cayó al suelo con la primera tortura.

Este le rajó el pecho y rompió sus costillas. La muchacha sentía como su pecho se deshacía mientras se ahogaba con su propia sangre. Quería chillar más pero no podía. Solo sentía dolor, un dolor insoportable, un dolor que la debía matar y que no era capaz de exteriorizar. El espíritu de aquel hombre agarró su corazón y tiró de él para sacarlo del pecho de la muchacha.

Y mientras agonizaba, por primera vez, suplicó por su muerte. Vislumbró el mundo del más allá custodiado por la parca, un mundo donde le vería siempre. Casi pudo sentir paz entre tanta agonía. Sin embargo, recordó que en ese mundo la parca pertenecía a cada alma y eso no podía consentirlo. Solo en vida sentiría el placer de estar junto a ella y solo en vida sería únicamente suya.

Cuando su corazón estuvo fuera de ella se desplomó sobre el suelo.

Estaba viva, sentía todo el dolor y no tenía su corazón en su pecho. Observaba como la parca se llevaba a sus almas y como reapareció junto a ella.

Era el momento que tantos días había estado esperando. El momento por el que mataba.

La segadora de almas se arrodilló frente a ella, sostuvo su cabeza con su brazo derecho y posó su brazo izquierdo sobre su pecho.

El dolor desapareció en un instante. Sus ojos se encontraron con los de aquel ser cuyos brillantes rubíes se fijaban en ella. Mirando como los de ella lo observaban con fascinación y devoción.

Poco a poco los huesos rotos de su cuello se recompusieron, así como el corte del cuello y su ojo apuñalado. Después su cráneo partido.

Todo volvía a su sitio, con mucha calma, como ella quería. Para que aquellos brazos la rodearan más tiempo. Y aquellos ojos la observaran durante más rato.

Sentía la energía que desprendía aquel ser, era oscura y embriagadora. Era adictiva. Quería más y nunca era suficiente. La arropaba, la rodeaba, la sumergía.

Recomponer su corazón, devolverlo a su caja torácica, regenerar sus costillas y cerrar su pecho, llevaría mucho tiempo.

Así que la muchacha levantó su débil brazo derecho y lo posó sobre la huesuda mano de la parca. Las lágrimas volvieron a acumularse en sus ojos y se derramaron al vacío.

La parca observó aquel gesto y la joven cerró los ojos para sentir toda aquella energía de la que era adicta.

Cuando volvió abrir los ojos. La parca la observaba desde más cerca. Si tuviera el corazón en el pecho podría haberlo sentido dar un vuelco.

Ella no se movió, pero sí lo hizo el encapuchado, quien acercó su oscuro rostro al de ella.

Y los labios de la muchacha sintieron una energía chocándose contra ella, cerró los ojos y sintió la embriagadora sensación de acariciar el mal. Su pecho se regeneró con más velocidad, sintió su corazón latir en poco tiempo.

Abrió los ojos e intentó frenar aquello, pues la presencia de la parca duraría mucho menos. Pero no pudo más que sucumbir al deseo. Y se entregó a la oscuridad. Al abrazo de aquel ser. A la cercanía de su presencia, al deseo….

Se despertó al alba, sobre aquellas ensangrentadas tumbas. La parca ya no estaba allí. Y sintió lo mismo que cada día posterior; vacío…

Un vacío que solo podía llenar matando.

Observó su cuerpo regenerado y los cuerpos de las personas que la rodeaban. Se levantó sin esfuerzo alguno y se rascó el brazo derecho.

Algo hacía que le picara la piel. Cuando lo observó, cinco nombres habían sido grabados sobre ella. Un escalofrío recorrió su espalda y observó el horizonte.

Acarició su piel herida y sonrió. Él la había citado esta vez…

Niros

Fuente de Imágenes: 1, 2, 3


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