Halloween

Cuentos de Halloween [Belladona]

La copa de vino se cayó al suelo rompiendo en mil añicos.

Desplomado en el suelo, yacía el marido de una viuda que no parecía haberse sorprendido mucho de aquel suceso.

En aquella vieja casa, en aquel oscuro comedor. La mesa rebosante de alimentos estaba sirviendo de banquete a dos grandes ratas.

Las arañas trepaban las paredes y establecían sus hogares en cada esquina de cada pared y de cada mueble.

Acariciando el borde de su copa, la esposa viuda observaba el inerte cuerpo de su marido arqueando una ceja. Esperando con paciencia “a algo o a alguien”

De la mesa se cayó un cubierto. La mujer sin dejar de ver el cuerpo habló;

-Paciencia. No tardará en aparecer.

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Y así fue. Minutos más tarde, del cadáver ascendió un ente translúcido de rostro idéntico al de su marido. Cuando este fue consciente de donde estaba; cuando vio su cuerpo sin vida, sus translúcidos brazos y a su mujer observarle sentada en una silla, habló:

-Tu- La señaló- Has envenenado mi vino.

– No querido, bien sabes quién envenenó el vino. – Sonrió.

El hombre enmudeció y tras la mujer, otro ente tomó forma.

-Imposible- Dijo el marido observando tras ella.

-Hola Albert- Saludó otro hombre tras la mujer.

– ¿Qué os proponéis? – los observó el marido.

-Veras querido. – Ella se levantó- Cuando me enteré de que habías recogido la belladona del jardín de los Hannover, pensé alguna que otra barbaridad, pero… -hizo una pausa. – Pero nunca me imaginé que sería para matarme a mí.

Se observaron unos segundos tras los que ella continuó hablando:

-Quieres saber cómo cambie la copa ¿no?… Bueno pues no la he cambiado, sencillamente contaminé la tuya. Te costó un poco más morir debido a la poca cantidad de veneno, pero bueno, la agonía mereció la pena pues, al fin y al cabo, qué se merece un ser con la intención de asesinar a otra persona.

-Arpía- Gritó- Llevamos casados 20 años y nunca me has correspondido. Nunca he estado realmente casado. Nunca has sido una buena esposa.

-Y tu solución es matarme…

– Sí, eres prescindible.

-Como lo fue Anthony en su día ¿verdad? – La mujer señaló al ente que fluctuaba tras ella.

Ellos se miraron.

-Desde cuando…

– ¿Desde cuándo qué? – Lo interrumpió. – ¿Desde cuándo lo sé, o desde cuando puedo ver a Anthony?

-Eres una bruja

-Bienvenido a la realidad de tus últimos 20 años

-¿Has estado a mi lado 20 años sabiendo que tu enamorado había muerto en mis brazos?

-Y con tus propias manos, no te olvides de ese detalle. Encontré la pistola al poco tiempo de casarnos. Todavía tenía sangre. Que descuidado… Tiempo después desapareció el arma, pero apareció la víctima.

-¿Sabes que todavía puedo matarte verdad?

El entre tras la mujer se acercó al marido.

– No lo harás.

Ella se levantó y abrió la alacena. Las telas de araña se rompieron y quedaron colgando de las puertas.

En su interior, un montón de frascos reposaban pacientes. Esperando el uso para el que fueron creados.

En un frasco en cuya etiqueta rezaba “Desvanecimiento” se guardaba un líquido oscuro.

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-Te diré que es lo que vamos a hacer. – empezó a decir la mujer dándose la vuelta.

-Como tú ya no tienes nada que hacer aquí. Lo primero será hacer que desaparezcas para siempre.

Después será Anthony el que vuelva a la vida utilizando tu cuerpo, al cual le proporcionaré un antídoto que le regenerará los órganos.

– No te lo permitiré- Gritó el hombre.

-Shhhhh. – Silenció ella acercándose a él. – Los muertos no tienen derecho a decidir. – Acto seguido estalló el frasco contra el suelo y una humareda se extendió a lo largo del ente del marido.

-Catherine. – Añadió este, y acto seguido desapareció.

-Catherine. – El ente que se quedó con ella en aquel comedor habló. – No puedes devolverme a la vida.

– Lo sé Antony… Pero mi marido no. Seguro que se va al infierno pensando que viviremos una larga y próspera vida.

-He vivido mucho tiempo a tu lado Catherine. Quizás es hora de que yo también me vaya.

– ¿Cómo? No, no te puedes ir.

-Ambos sabemos que esto no puede durar más, sobre todo ahora, que tu peor amenaza ya no está. No necesitas protección.

-No puedes irte.

La mujer avanzó hasta la mesa y cogió la copa que horas atrás le había servido su difunto marido.

-Catherine no.

-Déjame estar contigo. Si no es en vida, que sea como almas.

– No puedo permitir eso.

Ella acercó la copa a sus labios, pero antes de beber añadió:

– No me dejes…

Fuente de Imagen 1: Everybody


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