Fantasía·Relatos

Poder

El humo que inhaló Sai la despertó. Estaba tirada sobre un suelo arenoso, pues pequeñas piedras se clavaban en sus manos y su mejilla derecha. Abrió los ojos y observó que a su alrededor se levantaban muros de redes metálicas con salidas y entradas. Poco a poco se levantó sintiendo su cuerpo entumecido y sus manos y rodillas heridas.

Un cosquilleo en su espalada la alertó y se quedó inmóvil intentando controlarlo. Observó nuevamente a su alrededor y ante sus ojos se alzó un espectáculo poco alentador.

Rodeando aquella especie de laberinto se mantenían inmóviles quizás unos cincuenta hombres y mujeres con la cara pintada de negro que vestían ropas militares y sostenían antorchas encendidas en ambas manos.

De entre aquellas personas un hombre lánguido, de tez blanquecina y sin cabello se adentró por el laberinto. Un tatuaje le sobresalía por la nuca, tenía la forma de una cabeza de animal y unos cuernos terminaban en su cabeza.

Caminó hábil entre las vallas y se acercó a Sai, agarró su melena oscura y acercó su cara a la de ella.

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– Ha sido complicado dar contigo.- Empezó a decir.- Puede que no me conozcas, mi nombre es Nil, me envían para matarte.- Sonrió.- Pero antes necesito que lo llames.- La tiró al suelo.- ¡Rápido!

Sai no contestó. Se levantó y lo observó desafiante.

– ¿No me has escuchado?

– No pienso hacerlo.

– Ah ¿no? – El hombre observó las paredes de malla.- Entonces, si no quieres hacerlo tú… tendremos que hacerlo a la fuerza.

El cosquilleo en la espalda de Sai volvió de nuevo, se tensó para impedir que este tuviera más poder que ella y lo amainó.

– Quizás no sabes que no eres la única que puede hacer que salga.

Sai observó las mallas tal como lo hacía aquel hombre.

– Y quizás tampoco sepas que las descargas eléctricas serán las que lo provoquen…

Ella caminó hacia atrás y entre los muros buscó algún tipo de salida.

– No tengo tiempo para perderlo aquí contigo.- Concluyó Nil.

Hizo un gesto y dos hombres salieron de la nada e inmovilizaron a la mujer, la devolvieron de nuevo frente a Nil y le esposaron la mano izquierda a la valla.

– Tu única alternativa para salir de aquí es que lo llames. Pero lo destruiremos antes de que pueda salvarte.- Sonrió. – O te mataremos a ti antes, no sé el orden, lo veremos sobre la marcha.

Se acercó a ella y rasgó su jersey.

– Veamos cómo se presenta.- Añadió una vez descubrió su espalda.

Tatuada en ella se alzaba un guiverno con el cuerpo y las alas de color anaranjado, escamas doradas y con tonos grisáceos en las garras de sus patas y en sus alas. Estas ocupaban sus hombros y brazos, y su cola se perdía bajando su espalda por su nalga derecha. Mostraba su doble fila de colmillos y sus ojos eran de un rojo intenso.

– Asombroso.- Afirmó Nil sin quitarle ojo. Acercó su mano para tocar el rostro de la criatura y Sai utilizó su brazo liberado para propinarle un puñetazo.

Nil la miró y ordenó que le esposaran la otra mano a la valla.

– En pocos segundos sentirás las descargas eléctricas.- Informó el hombre mientras salía del laberinto.- Tu dragón te abandonará y el final, ya te lo puedes imaginar.

Sai tiró fuerte de las esposas con el fin de romperlas mientras Nil conectaba un generador a unas pinzas conductoras de electricidad y estas a la valla.

– ¡Preparaos! – Advirtió.- ¡Cuándo esa cosa se alce en el aire debéis prender fuego a la jaula! ¡Liberaremos a la criatura y la inmovilizaremos! ¡Preparaos para invocar a vuestros guerreros!

Sai continuó tirando de las esposas y sintió el primer calambrazo. Obvió las pequeñas descargas e intentó girar las esposas para tensar las cadenas y poder romperlas.

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Sin embargo, las descargas aumentaban demasiado rápido y su fuerza no era suficiente como para poder romper los grilletes.

Un grito de dolor captó la atención de las personas que rodeaban la jaula. La espalda de Sai empezó a cosquillear de nuevo, ella se concentró para poder controlar al guiverno, pero las descargas la impedían centrarse.

En el cielo se escucharon los graznidos de un ave que se aproximaba poco a poco.

El séquito de Nil alzó la vista al cielo y detrás de una de las filas, un zarpazo arrancó la cabeza de un hombre. El grupo se movió nervioso y observó a su alrededor. Del otro lado la criatura alada, quizás del tamaño de un caballo, se lanzó en picado y agarró entre sus garras a una mujer, la elevó en el aire y la partió a la mitad.

– Qué hacéis ahí parados.- Gritó Nil – Invocad a vuestros guerreros.

Pero nadie pudo hacer nada.

– Liberadla.- Ordenó una voz femenina detrás de Nil.

Una encapuchada que portaba un colgante con una piedra negra que no dejaba de emanar una radiante luz. Dos mujeres se acercaron sin soltar sus antorchas y con la intención de prenderle fuego, pero tras ella, un tigre gris de enormes dimensiones, afilados colmillos y ojos verdes se paró observándolas desafiante.

– No podréis invocar nada mientras la piedra esté cerca. El guiverno no se materializará. Soltadla.

– No me asustan tus trucos. – Nil le dio la espalda y aplicó más descargas a la celda.

Un grito de dolor invadió el área, la portadora de la piedra ordenó al tigre que matara a Nil pero sus hombres se cruzaron en su camino.

– Solo tardaré un poco más en llegar hasta ti.- Advirtió esta.- Acaba con ellos.

En el centro del laberinto, atrapada entre las vallas electrificadas Sai perdió el conocimiento. Entonces, sin nadie que lo detuviera, el cosquilleo aumentó y sucedió lo que Nil llevaba tanto tiempo esperando.

El Dragón tatuado en su espalda batió las alas y salió de su piel materializándose en el cielo.

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Una criatura alada, cuyas escamas brillaban como los rayos de sol, rugió y los observó desde el cielo. Batía las alas con tanta fuerza que provocó una tormenta de arena en el suelo.

Las antorchas se apagaron y el tigre de la encapuchada mujer consiguió llegar hasta Nil. Pero este invocó a su minotauro, un poderoso guerrero con cabeza de toro, que agarró al felino y atestó una cornada en el corazón de este.

El animal cayó al suelo herido de muerte y desapareció.

– Tus trucos no valen conmigo.- Concluyó Nil ordenando a su guerrero que la atacara.

Del cielo bajó aquella enorme ave -un grifo plateado con las garras rojas como el rubí- y sus graznidos llamaron la atención del minotauro.

– Maya.- A lomos del grifo un hombre e tez blanca, pelo rubio y con un parche en el ojo llamó a la encapuchada.- Aléjate.

El grifo utilizó sus garras contra el minotauro causando profundos cortes en su rostro. Este rugió de dolor. Sin embargo, en cuanto la criatura tomó tierra al lado de la mujer encapuchada, desapareció y parte de la tinta se materializó sobre los brazos del rubio muchacho.

– Elían, no puedo alejarme más, invocarán a sus guerreros si lo hago.

– Mátalos.- Ordenó Nil a su minotauro una vez los observó indefensos.

Pero una llamarada hizo que ardiera entre gritos de dolor. Con asombro y desconcierto, Nil echó un vistazo al cielo y paró el voltaje de las vallas.

– Serás mío.- Desafió observando al cielo y dirigiéndose hacia Sai.

El guiverno emitió un rugido y voló en círculos alrededor de la jaula. Maya y Elián corrieron seguidos por algunos de los hombres de Nil.

– Maya tienes que parar esa piedra.

De mala gana por su desacuerdo terminó alejándose y permitió que Elián invocara a su grifo plateado.

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El dragón alzó la cabeza rugiendo y expulsó, alrededor de la jaula, una llamarada que prendió fuego a todo el sequito de Nil.

Sai abrió los ojos y vio al hombre acercándose a ella. Una vez la alcanzó le propinó un puñetazo en el estómago y esta se retorció de dolor. La liberó de sus esposas y la agarró de la cabeza.

– ¡Dragón! -Captó la atención de la criatura.- ¡Observa tu liberación!

Inmediatamente este reaccionó y pisó tierra rompiendo las paredes del laberinto y desequilibrando a Nil quien cayó al suelo. Emitió un nuevo rugido y protegió a Sai con su ala derecha abriendo su boca en frente a Nil.

– No.- Masculló antes de gritar de dolor cuando la llamarada lo envolvió entre el fuego.

No muy lejos de allí, el grifo de Elián había matado a los hombres que lo habían seguido a él y a Maya, incluidos a sus guerreros.

Y, desde lejos, observaron al guiverno junto a Sai -cuando la tormenta de arena cesó-.

Ella se levantó despacio y temblorosa recuperando el equilibrio. El dragón inclinó su ala, poco después, para que ella subiera a lomos de sus rígidas escamas.

Y una vez la tuvo a salvo, batió las alas y salió de aquel lugar perdiéndose en el cielo.

Fuente Imágenes: BTS – Forever MV

Inspirada gracias a la melodía: Kaleo – Way Down We Go


Gracias por la visita

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