Amor·Pensamientos

Helado de Nata

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El miércoles pasado cogí el autobús a media tarde y me acerqué a la playa. El cielo estaba azul, el sol calentaba el cuerpo y el viento refrescaba la piel.

No tenía intención de bajar a la orilla del mar, sino de caminar a lo largo del paseo de baldosa que había al lado de la arena.

Conecté los auriculares a mi iPhone y seleccioné la Playlist: “Chill Out”, de mi reproductor musical.

Apenas había gente por el paseo, la mayoría estaba tumbada en la arena o en el mar. Los niños correteaban de aquí para allá, jugaban a la pelota o hacían castillos de arena mientras los adultos dormían sobre sus toallas, leían o conversaban ente ellos.

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Al otro lado del paseo había, a lo largo, varios puestos de bebidas y tres establecimientos, dos de ellos eran cafeterías. Y el tercero, mi favorito, era una heladería artesanal.

A mitad de camino, cuando llegué a este pequeño paraíso de dulces helados, me paré y entré a comprar mi tique.

Una vez crucé la puerta me quedé embobada observando el mostrador. Bueno el mostrador no, más bien quien había detrás…

Un muchacho de quizás un metro setenta, de tez blanca y ojos oscuros. Cuyos finos labios se movían y sonreían a cada cliente de una manera cautivadora.

Su pelo se escondía bajo una gorra roja a juego con su polo, pero se apreciaba que era corto y castaño oscuro.

Nadie más entró después de mí, así que, con toda la tranquilidad del mundo, busqué en la máquina donde debía pagar, el tipo de helado que quería.

Leía una etiqueta y le miraba, leía un par más y volvía a mirarle… presioné el tipo de helado que quería y, de nuevo, observé a aquel hombre tras el mostrador. Las monedas del cambio retumbaron contra el fondo de la máquina y me despertaron del trance.

Recogí el dinero y el tique, y caminé hacia aquel mostrador.

Mientras me acercaba sucedió el primer roce. Hizo una bola de helado y la dejó sobre una tarrina, me miró fugazmente y se lo entregó al cliente.

Sin dejar de mirarle bajé la vista de su cara a su cuello y por lo menos un par de pensamientos puros y placenteros invadieron mi cabeza.

De verdad que, si hubiera podido pedir cualquier sabor, sería el de sus labios.

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Observé los diferentes helados;

“Vainilla”

“Limón”

“Fresa”

“Chocolate”

Nada importante, quería uno de nata y la nata era un sabor que siempre había.

Una señora le preguntó por la diferencia entre el helado de frutos del bosque y de Strawberry Cheesecake. Él hablaba sobre los sabores que tenían, le comentaba que el de frutos del bosque llevaba también chocolate y que el otro sabía más dulce… Dejé de escucharlo y únicamente observé como sus labios se movían y sonreían mientras miraba a la clienta y después a los helados.

Le recomendó el sabor de Strawberry Cheesecake, desde luego, entonces cogió un cucurucho y nuevamente hizo una bola de helado.

E hizo lo mismo, posó el helado sobre la galleta me miró y se lo entregó a la señora.

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Probablemente vio reflejado en mis ojos el maravilloso beso que le hubiera dado tras dejar ese helado de fresa sobre sus labios.

Sé que me estaba dejando en evidencia, pero nunca me había pasado nada igual.

Él atendía a los clientes y yo le observaba de manera indiscreta.

Y que más daba todo aquello, en cuanto me diera el helado yo saldría por la misma puerta por la que entré y no le vería más.

Pero aquello fue algo que pensé después, claro, porque en aquel momento sólo podía pensar en lo bien que podría acariciar mi piel y lo bonito que sería sentir la dureza de sus labios sobre los míos.

Me pidió el tique y se lo entregué y cuando me preguntó por el sabor del helado…

– Si pudiera te observaría durante todo lo que queda de tarde… – Le espeté.

– ¿Disculpa?

– Nata. – Corregí despertando de un maldito trance del que no era capaz de salir.

Él cogió una tarrina e hizo una bola de helado de nata mientras yo me moría por dentro y se me coloreaban las mejillas por fuera.

Suspiré y levanté la mirada.

Allí estaba él, enfrente de mí, detrás del mostrador sosteniendo mi helado.

– Ahí en frente tiene una mesa en la que puede tomar el helado mientras me observa durante lo que queda de tarde. – Señaló la mesa y tras acabar de hablar, me sonrió.

– Lo siento. – Contesté sin poder contener la risa.

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Extendí el brazo para recoger mi tarrina, pero él la apartó y se apoyó sobre el mostrador acercándose un poco más.

No dejaba de mirarme y yo me estremecí, pues sus ojos me escrutaron hasta un nivel en el que incluso sentí que me desnudaba por completo.

– Yo podría pasarme el resto de la tarde mirándote a ti, si me dejaran. – Musitó.

Arqueé una ceja y nos miramos a los ojos durante unos segundos.

Segundos que fueron el nirvana; un estallido retumbó en mi pecho y pude decir que casi sentí sus labios sobre los míos, sus manos sobre mi piel, su cuerpo pegado al mío. El calor me pedía quitarme quitarle la ropa. Mi corazón me pedía rozar sus labios. Mi cuerpo me pedía saltar aquel mostrador y abalanzarme sobre él…

Y el sonido de las monedas volvió a despertarme, habían entrado nuevos clientes. Los observé y él añadió:

– Aquí tienes tu helado.

Salí de allí tomando pequeñas cucharadas de nata despacio, caminando entre las pocas personas que estaban en el paseo y memorizando aquel rostro que me había cautivado desde el primer segundo en que le vi.

Una vez acabé el helado tiré la tarrina a la papelera, pero rebotó y cayó al suelo boca abajo. Sonreí incrédula cuando la recogí.

Había un número de teléfono escrito debajo…

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Fuente de Imágenes: 1, 2, 3, 4, 5, 6


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Gracias por la visita

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15 comentarios sobre “Helado de Nata

  1. Engancha mucho el texto.
    Bueno, a mí esta parte me parece muy sugerente:
    “De verdad que, si hubiera podido pedir cualquier sabor, sería el de sus labios”.
    No creo que estuviera dentro de los sabores.
    El final, muy bueno. De un error se consigue un teléfono.

    Le gusta a 1 persona

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