Amor·Relatos Cortos

Lluvia

Sobre el húmedo pavimento, unas pisadas avanzan hacia el hogar, un hogar que ahora sienten destruido; la lluvia empieza a caer, no muy fuerte sino suave, de esa que dudamos que pueda mojar y acaba mojando. No lleva paraguas; no porta más que unos vaqueros, una camiseta y unas alpargatas. Además de unas lágrimas que se acumulan en sus ojos, se amontonan en el borde, que quieren salir y ser liberadas pero que de algún modo las retiene.

En el hospital, a un kilómetro de ella, unas pisadas masculinas avanzan a pasos agigantados por los secos pasillos; busca una sala, no, mejor dicho busca a una persona. Una persona con una pequeña semilla en su interior y a quien abraza cada noche bajo las sábanas, a quien besa al empezar el día y reza porque así suceda también la finalizar.

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Los médicos aseguran que se ha marchado hará menos de quince minutos. Quince cruciales minutos que le lleva de ventaja. Qué ha sucedido es la pregunta que él reitera, una pregunta sin aparente respuesta en un principio y a la cual unos minutos más tarde un médico contesta:

– Llegó hace una hora y la ingresamos cinco minutos después. Presentaba un dolor punzante en el abdomen y comentó un sangrado en el momento de ir al baño. Lo primero que se hizo fue una exploración y nada más echar el primer vistazo, lo vi claro.

Las manos a la cara, unas manos que querían cubrir un rostro torturado por el dolor de no haber podido proteger lo más bonito que, para él, tenía en la vida.

– Trastorno en el desarrollo…

Levanta la mano al médico, no necesita saber más. Necesita salir, salir y buscar. Corre por los pasillos a pesar de las insistentes peticiones de las enfermeras por que modere el paso. Busca su teléfono y marca en favoritos el primero de la lista pero no obtiene respuesta. Lo intenta una vez más. Avanza hasta la salida y escapa de esa pesada lluvia, fina y molesta.

Consigue llegar hasta el coche y una vez dentro intenta coger el volante y no es capaz, está muy nervioso. Decide parar e inhalar aire, despacio. La fila de coches empieza a rugir, exigen una respuesta por su parte; o mueve el vehículo o no, pero que haga algún gesto. No importa, no importan los sonidos, importa pensar dónde buscar. Una llamada más, un nuevo intento y un nuevo fracaso.

Se apoya sobre el volante con las manos en la cara, frota su rostro intentando calmarse y una vez vuelve a mirar hacia el exterior le parece que el mundo ha decelerado considerablemente. El dolor es fuerte y los nervios amainan muy poco a poco y aun así no puede imaginar lo que está siendo para ella.

– ¿Va a moverse o qué? – El primer conductor de la fila sale de su vehículo y le grita dándole un toque en la ventanilla.

No contesta, se limita a encender el coche y muy despacio empieza a mover los pedales arriba y abajo junto con el cambio de marcha. Conduce despacio; es consciente de que no debe alterarse al volante y evitar así otra posible catástrofe. Ahora conduce por las posibles calles que ella puede estar transitando de camino a casa sin dejar de marcar su número cada dos por tres.

– Disculpe.- Una hora atrás, una mujer entró en urgencias apretándose fuertemente el abdomen.- Necesito ayuda.

No pudo decir mucho más. Un médico se acercó a ella cuando perdió el conocimiento y soñó durante unos instantes; soñó consigo misma y con el hombre que amaba y además con un pequeño retoño, un niño que compartía con su padre los mismos ojos verdes y con su madre el mismo pelo grueso y oscuro.

Un sueño que duró poco, que se le escapó entre los dedos, un sueño tan efímero como lo real que pudo haber sido.

Una vez despierta estaba en una camilla con suero y en bata. El dolor en el abdomen había amainado y un enfermero salió de la sala una vez vio que ella abrió los párpados. Poco después el médico proyectó una luz en sus ojos y le puso un termómetro.

Todo acabó en aquel instante, un pequeño ser que intentaba proteger dentro de su ser desde hacía dos meses acababa de ser expulsado por su cuerpo. Diminuto y frágil como era no pudo hacer frente a la batalla y esta lo fulminó. Lo primero que hizo fue cubrir su matriz, seguir protegiéndola, como si allí todavía quedara algo. El pecho se encogió y la respiración se entrecortó, las lágrimas empañaron sus ojos y el llanto se apoderó de ella.

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Treinta minutos después, con señales de mejora y sin nuevas pérdidas de conocimiento, le dieron el alta. Y de camino a casa rebobinaba la misma película todo el tiempo añadiendo a los créditos un; ‘¿por qué?’

Su teléfono, en el bolsillo trasero de sus vaqueros, no paraba de hacer luces. Sólo luces ya que estaba silenciado y no podía gritarle que su marido estaba desesperado por encontrarla, ni tan siquiera podía vibrar.

La mujer pasó por delante de un jardín de infancia. Los niños salían en busca de sus respectivos progenitores con chubasqueros, botas y paraguas. Un grupo de padres charlaba mientras sus retoños saltaban en los charcos salpicándose los unos a los otros y riendo inocentemente. Una imagen enternecedora y desgarradora según el punto de vista y en aquel momento, para Alicia, significó ambas. Sintió esas dos mismas emociones creándose al unísono en su interior.

Y entonces corrió perdiéndose entre la lluvia, completamente empapada, y en línea recta. Daba igual donde fuera porque huía de su propia mente, la misma que la perseguía y la boicoteaba. Esa que no dejaba de rebobinar la misma película una y otra vez.

Marco conduce de camino a casa, sin éxito en su búsqueda, porque no es capaz de encontrar a Alicia. Unas veinte llamadas a un teléfono que no puede establecer una conexión entre ellos derivan en un hombre impotente que piensa en llamar a la policía, un hombre que finalmente recapacita y aparca el coche en el garaje esperando que su mujer esté en casa.

Doble giro de llaves, no hace falta ni entrar. De nuevo el móvil en la mano, de nuevo ese primer número en la lista de favoritos.

– Pequeña.- Susurra al teléfono.- ¿Dónde estás?

Baja las escaleras hasta el portal del edificio y se deja cubrir por el manto lluvioso.

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Sofocada por la carrera, Alicia frena en seco, está agotada. Está en un parque vacío y completamente mojado, al igual que ella, quien se acerca a uno de los columpios y toma asiento como puede sobre este. Al sentarse el móvil cae al suelo, se percata al fin de que este sigue existiendo y recuerda a Marco el cual, todavía no sabe la noticia. ¿Cómo decirle que el pequeño regalo que estaban esperando se había esfumado en un abrir y cerrar de ojos?

Alicia no está preparada pero no puede evitar desbloquear el móvil y allí estaban las, por lo menos, veinte llamadas perdidas de Marco. Con mucho esfuerzo consigue presionar el botón verde, las manos le tiemblan y se acerca el auricular a la oreja.

– ¡Pequeña!

La dulce y preocupada voz de su marido estalla las lágrimas que tanto le estaba costando aguantar. Pero de que vale ya, está sola bajo la lluvia. Nada importa.

– Cariño

– ¿Dónde estás? He ido al hospital, estoy preocupado, por favor dime dónde estás.

– ¿Te lo han dicho ya? – Contesta Alicia entre sollozos.- Es culpa…

– Esto no es culpa de nadie – Las lágrimas brotan también de los ojos de él.- ¿Dónde estás?

– Cerca de tu trabajo, en el parque de…

Y no hizo falta más, a lo lejos lo vio buscándola. Y sintió calor en su corazón, además de tristeza y necesidad de abrazarle. Ambos caminaron el uno hasta el otro empapados y temblorosos, y una vez se tuvieron a pocos metros de distancia no hicieron falta palabras. Un ardiente deseo de abrazarse se reflejó en ambos y así lo hicieron, un abrazo que duró un instante o una eternidad, depende del punto de vista.

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Dos jóvenes enamorados que se tienen el uno al otro y son conscientes, por más circunstancias adversas que tengan, de que están ahí el uno para el otro y ambos lo saben sin siquiera decir una palabra.

Fuente Imágenes: WeHeartIt

Inspirada gracias a la melodía: Arrival of the Birds


Gracias por la visita
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“Lluvia” is licensed under a Creative Commons Attribution-NoDerivatives 4.0 International License.

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