Amor·Locura·Relatos Cortos

¿Quién pertenece a quién?

La lámpara, que tenuemente da luz a la habitación, ilumina la ventana hacia la que estoy sentada. Detrás, encima de la cama, esta mi novio; el amor incondicional al que ofrecí todo. Está tumbado sin decir nada -callado al fin- ha sido una velada muy intensa. Aún recorre por su cara y su brazo derecho, un dulce líquido oscuro con el que jugamos un rato atrás.

A fuera la ciudad brilla por las luces y es precioso observarlas. A veces se me va la cabeza hacia los lados, yo tampoco aguantaré mucho más, estoy exhausta. Me duele algo la muñeca derecha, me cuelga el brazo del reposabrazos y apenas lo siento debido al rato que llevo en esta posición. Me muerdo los labios, están adormecidos. Al pasar la lengua sobre ellos saboreo algo dulce y amargo, aún tengo de ese líquido por la cara y mis manos están empapadas de él también.

Mi maravilloso amor es para mí esa persona con la que te encuentras una vez en la vida. Alguien por quien duele el corazón cuando no está cerca. Alguien a quien no puedes dejar alejarse ni un solo segundo y serías capaz de hacer cualquier cosa por él.

Y yo sé que para él es igual. Lo noto cuando me habla, cuando me abraza, cuando me besa, cuando hacemos el amor… Somos dos personas que han encontrado a la otra mitad y se emborrachan de amor; nunca se sacian del otro y amarse nunca es suficiente para ambos. Aunque desde hace un tiempo yo piense que no soy bastante para él.

Me supera la inseguridad y siempre me esfuerzo por dar lo mejor de mí. Sin prestar atención cuando él me dice que si acaso puedo gustarle más; no será por estar más delgada o tener la mejor figura. Y así es mi amor, una persona que me ama incondicionalmente.

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¿Qué sucede cuando no puedes dejar a alguien? Se convierte en una adicción.

Y, ¿quién se volvió más adicto al otro? ¡Bingo!

La misma que está aquí sentada frente a la ventana de una habitación de hotel; agotada por darle placer, agotada por darle amor, agotada por necesitarle de una manera tan enfermiza.

Me está entrando el sueño y él sigue tumbado en la cama, sin mover un musculo. Sonrío tiernamente al verlo, me muerdo el labio y saboreo más dulzor. Empieza hasta a gustarme.

Como cualquier pareja, incluso nosotros tenemos diferencias de opiniones, digamos que hemos tenido algún momento difícil. No muy difícil, yo le amo y el a mí. Pero sigo sin ser lo suficientemente buena para él y eso es un problema. A veces mirarme al espejo es doloroso. Él es tan increíble, pero yo…

Y esto se convierte en un problema cuando alguna otra mujer se acerca a él. Aunque diga que no las mira, yo sé que eso solo lo dice para que no me altere. Me muero de celos si alguna mujer le habla, no tienen nada que decirle, pero me callo e intento no mirarla. Cuando una chica se acerca a él, inmediatamente la veo preciosa y lejos de mi alcance. Pienso que él también la verá de esa forma y que me dejará

¿Qué si soy paranoica? No.

Es amor, ¿no?

Hace unas horas estábamos sobre esa cama, donde ahora duerme. Jugábamos juntos y yo le satisfacía. Me muerdo el labio (el sabor ya se ha ido). Adora que me ponga encima y me mueva acompañándolo con el sonido de mi voz, permitiéndole ver el placer que me da. Adoro verle frunciendo el ceño y mordiéndose el labio para no gemir, se muere de placer y eso me encanta.

Miro hacia el lateral.

Hace un rato estábamos ahí. Me besaba como sólo él ha sabido hacerlo. Con sus suaves y duros labios que lo hacían con delicadeza y deseo. Jugaba con su lengua de una forma que me ponía los ojos en blanco, me excitaba y me dejaba sin aire.

Le miro desde el reflejo del cristal; quiero hacerlo otra vez.

Me levanto rápido pero me caigo a medio camino, estoy muy mareada y exhausta. Me siento con dificultad y giro la cabeza; quizás todo tenga que ver con el dolor de mi muñeca y el charco que hay en el suelo al lado del sillón. No me quedan apenas fuerzas, me acerco la muñeca a la boca y la lamo, el sabor dulce impregna mis papilas gustativas.

Quizás y solo quizás, una hora atrás se me ocurrió tomar la decisión de compartir la eternidad con él. No quería compartirle.

Hace una hora rompí una afeitadora de plástico que nos habían dejado en el baño del hotel, introduje mi mano en agua y pasé el filo por mi piel. Al poco rato, esta se puso completamente roja, es increíble lo rápido que sale la sangre del cuerpo cuando está en agua y lo que amaina el dolor. El rastro de gotas que está en el suelo, junto con la sucia pileta del baño, deja todo bien claro.

Mi amor descansa en la cama con el brazo derecho y la cabeza cayéndole por un lateral. Bajo su cabeza hay otro gran charco. Él ya está allí y sólo falto yo. Aprieto la muñeca para que salga más rápido.

Puede y sólo puede, que después de haberme visto con la muñeca cortada y el baño manchado de color rojo se haya puesto de los nervios. Intentando entenderme, pero por más que se lo expliqué no lo comprendió.

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Resultó que esa misma tarde en la feria, nos tocó como premio un bate de béisbol; pero no lo pensé cuando lo cogí. Lo vimos y alucinamos, somos seguidores, de hecho nuestras chaquetas de béisbol estaban por el suelo de la habitación.

Cuando lo vi en la habitación pensé; “será más rápido así”. Sin embargo, él se alejaba de mí. Pero, ¿por qué? Si íbamos a ser libres.

Le golpeé en el brazo y lo pegó al pecho gritando, debía darle más fuerte. Aproveché un segundo golpe para darle las costillas. Creo que le rompieron porque se cayó retorcido de dolor, y una vez lo vi tirado en la cama, lo liberé de esa agonía golpeándole fuertemente en la cabeza.

En cuestión de segundos se hizo el silencio. No había respiración ni tampoco había gemidos de dolor, sólo él, tumbado en la cama; inerte con la cabeza sangrando y las costillas rotas. Caminé hacia el sillón tirando el bate a medio camino y dejando que la sangre se escapara de mi cuerpo poco a poco.

Ahora descansa mientras yo le observo sin fuerzas ni apenas consciencia. Me arrastro por el suelo hasta alcanzar su cabeza y acaricio su rostro.

– ¡Mi amor! – Exclamo.

Mis manos vuelven a empaparse de líquido. Beso sus labios. Lo acaricio de nuevo y esta vez paso mi lengua por su boca, es la última vez que le saborearé.

El aire que puedo coger no me permite hacer esfuerzos, el corazón late muy despacio y me pongo nerviosa. Se está acabando también para mí. Me acuesto en el suelo junto a él. Creo que acelerar mi corazón por los nervios, en este estado, es lo peor que puedo hacer. Cierro los ojos y sonrío.

Mi amor, pronto estaré ahí. Serás mío para siempre, tengo toda la eternidad para demostrártelo.

Fuente Imágenes: Pinterest

Inspirada gracias a la melodía: Kehlani – Gangsta


Gracias por la visita
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